Hace unos días, comiendo con unos amigos en un restaurante cercano a Oñate, pude comprobar, una vez más, cómo en el corazón de la Guipúzcoa de Bildu el fanatismo, la sinrazón, la ignorancia y la radicalidad aparecen con la mayor naturalidad en los rincones y en los momentos más cotidianos e insospechados.
El local donde nos reuníamos, un antiguo caserío excelentemente remozado, cuida con esmero todos esos pequeños detalles que hacen diariamente la vida más grata y ofrece un extenso menú que mezcla con armoniosa habilidad platos magníficos que nos recuerdan a la infancia disfrutada al borde del mar y todas esas nuevas creaciones, no menos exquisitas, que son las que luego aparecen en los colorines dominicales de los periódicos.
Desde el comedor, con unos amplios ventanales, se goza de una impresionante vista de las montañas cercanas hasta el punto de que, en días soleados como el que compartíamos, parece que los pájaros gorjean a tu alrededor.
Mis amigos, personas discretas pero rotundas, hombres y mujeres trillados en el vivir diario en Euskadi desde mucho antes, en algún caso, de que la banda terrorista ETA naciera, han visto mucho y han padecido mucho más como para saber que, a estas alturas, y siempre sin molestar a los demás, se han ganado todo el derecho del mundo a decir lo que les parezca oportuno, en el lugar que les apetezca y cuando realmente les dé la gana. Así que, mientras degustábamos un vino exquisito y llegaban los primeros platos, la conversación fue regateando temas de actualidad con la misma velocidad y vértigo que, de hecho, tienen las noticias en este país. Así, comentábamos la inmensa desvergüenza de quienes pretenden equiparar a las víctimas con sus verdugos, criticábamos ferozmente al Gobierno socialista por alentar la salida de los terroristas de ETA de las cárceles y, sobre todo, nos lanzamos al cuello ético de tantos nacionalistas como, durante décadas, han callado, comprendido, justificado y, en ocasiones, alentado, todos y cada uno de los crímenes. Y conversábamos de todas estas cosas en nuestra mesa, mientras los platos iban y venían, las copas se veían siempre llenas y el sol anegaba el valle que nos rodeaba.
Estábamos así de felices hasta que, de repente, de la mesa de al lado se levantó un individuo mayor, cercano a los setenta años de edad, que, improvisadamente, comenzó a insultarnos, a llamarnos “sectarios” y a exigir nuestro silencio porque, según tuvo el detalle de advertirnos, quería hacernos una aclaración: “Las auténticas víctimas de este país somos todos los que, como yo, padecimos la dictadura de Franco y no vosotros, que sois todos del PP”.