Periodismo Gonzo (Def.)

Periodismo Gonzo (Def. Wikipedia): "Es un estilo de reportaje, sub-género del nuevo periodismo, que plantea un abordaje directo del objeto (la noticia), llegando hasta el punto de influir en ella, y convirtiendo al periodista en parte importante de la historia, como un actor más; también suele imprimir más importancia al contexto que al texto, es decir, da preponderancia al ambiente en que ocurre tal hecho, por encima del hecho mismo"

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miércoles, 9 de mayo de 2012

"Despachos desde el Infierno Bildu" se convierte en libro


"Territorio Bildu" es un conjunto de crónicas y artículos que narra las impresiones y experiencias de un periodista vasco inmerso, durante varios meses, en lo más profundo de Guipúzcoa, el territorio controlado políticamente por el brazo legal de ETA.

"Territorio Bildu" trata de reflejar cómo es la vida cotidiana en el único lugar de Europa cuyas instituciones más importantes están lideradas por quienes durante décadas han formado parte de una de las bandas terroristas más crueles y sanguinarias del siglo XX. Y trata de exponer también la contradicción que se refleja en el hecho de que la sociedad que ha dejado su liderazgo en manos de este movimiento filoterrorista es la misma que supera la renta media económica de la UE, que cuenta con empresas internacionalmente punteras y que disfruta de algunos de los servicios sociales más avanzados del mundo.

jueves, 9 de febrero de 2012

El Diputado piquetero


(Nota de la Redacción) Este artículo fue publicado hace unos días por Raúl González Zorrilla, editor de Euskadi Información Global, portal informativo impulsor de este blog "Despachos desde el Infierno Bildu".  
Por su interés, y por su conexión directa con los temas que habitualmente tratamos aquí, lo reproducimos íntegramente.

"El Diputado piquetero"

El diputado general de Guipúzcoa, el bildutarra Martin Garitano, formó parte destacada hace unos días de una manifestación celebrada en San Sebastián para pedir “la paralización de todas las grandes infraestructuras”. Ciertamente, la participación del ex periodista filoetarra en un acto de estas características no llama demasiado la atención cuando, desde la institución que dirige, y en apenas unos meses, se ha detenido de un plumazo el desarrollo de todos los proyectos estratégicos claves para el desarrollo del territorio más pequeño del País Vasco. “En Guipúzcoa, hay un freno a todo”, ha dicho Eduardo Zubiaurre, presidente de Adegi, la patronal, y no le falta razón porque, desde que Bildu, con Martin Garitano a la cabeza, llegó al poder, se han interrumpido las siguientes iniciativas de desarrollo: la intermodalidad ferroviaria Renfe, Feve, Euskotren y TAV hasta el centro de Donostia; el metro para San Sebastián y su comarca; la ampliación o modernización del aeropuerto de Fuenterrabía; la regeneración de la bahía de Pasajes; las intervenciones en diferentes carreteras (desdoblamiento de Echegárate, variantes de Zarauz o Andoain, vial Urretxu-Bergara, etc); la construcción de la incineradora de Zubieta, o el desarrollo urbanístico de Audutz Akular.
Martin Garitano y sus secuaces se dedican a descuartizar el futuro de nuestros hijos alimentándose de una extraña bazofia intelectual que mezcla proterrorismo militante, ecofascismo, totalitarismo identitario, integrismo ideológico, fanatismo político, acientificismo, maquinismo e irracinonalidad, y que, en el fondo, lo que demuestra es un odio visceral a nuestro sistema de libertades y a los valores éticos que conforman las sociedades occidentales. Y lo hacen sometiendo al territorio guipuzcoano a un proceso catastrófico de licuefacción de las leyes y de los organismos de representación que ataca directamente a lo que, en las regiones democráticamente más avanzadas del mundo, es la esencia más elemental de la convivencia: la presunción de la convivencia colectiva, la predecibilidad de los comportamientos sociales y la perdurabilidad de las instituciones.

martes, 24 de enero de 2012

Consuelo

Consuelo Ordóñez
Hace muchos años, cuando todavía no habíamos abandonado el siglo XX, conocí a Consuelo Ordóñez a través de unos amigos comunes. Recuerdo que era un anochecer de invierno, que llovía en San Sebastián con la fuerza con que las tormentas de otoño abaten las ciudades del norte y que apenas se veían viandantes cuando paseábamos por la Avenida de la Libertad de aquella Donostia en la que, por aquel entonces, la banda terrorista ETA ya había matado a casi un centenar de personas. Entre estas víctimas se encontraba Gregorio Ordóñez, hermano de Consuelo, teniente alcalde del Ayuntamiento donostiarra y parlamentario vasco, asesinado el 23 de enero de 1995 de un tiro en la cabeza por un comando de tres psicópatas nacionalterroristas formado por Valentín Lasarte, Francisco Javier García Gaztelu, "Txapote" y Juan Ramón Carazatorre, "Zapata".

jueves, 12 de enero de 2012

San Sebastián, 2012

El espíritu de San Sebastián, 2012
Llevo varias semanas sin moverme de San Sebastián y cada vez estoy más convencido de que esta ciudad, tras décadas de hacer como que la sangre de las víctimas de ETA no empapaba cada uno de sus rincones y tras meses de padecer en el ayuntamiento y en la Diputación foral el poder político de los voceros de los asesinos, está condenada a ser una vulgar aldea gobernada por los más brutos e ignorantes del lugar.
Lo rural, en el peor sentido del término, se ha instalado en lo que hace un siglo era un elegante balneario de Europa, y hoy en día lo difícil es hallar en esta urbe éticamente arrasada un rincón que no parezca estéticamente devorado por miserables peoetarras, por vulgares antisistema que buscan medrar al calor de las subvenciones bildutarras, por ignorantes desabridos convertidos en delegados o secretarios o portavoces o responsables de algo o por los insensibles y sinvergüenzas de siempre que llevan ocupando puestos de administración municipales desde mucho antes de que naciera el que esto escribe. Y puedo asegurarles que de eso hace ya algunos, demasiados, años.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Tierra lenta


Si hay algo que llama especialmente la atención a quienes hemos vivido fuera de Guipúzcoa durante algún tiempo es lo mucho que en esta tierra, y especialmente en su capital, San Sebastián, se tarda para cualquier cosa. Se soporta aquí una pátina fatua que se filtra por doquier, una especie de aire desganado y autosuficiente, y de molicie paralizante que hace que todo transcurra despaaaaaacio, leeeeento, taaaaardo y pesaroso.
Los comercios donostiarras, sin lugar a dudas, y salvo honrosas excepciones, los peores de Europa en cuanto a servicio, precio, comodidad y educación para con el cliente, se llevan la palma en esta apuesta por la ineficacia y la desmaña, pero la parsimonia y la pachorra se extienden hasta los límites más lejanos de la tierra gobernada por Bildu.
No es solamente que San Sebastián lleve más de veinte años esperando una estación de autobuses que merezca este nombre o que sea necesario visitar varias veces un establecimiento para realizar cualquier operación que vaya más allá del simple y ya comentado aquí -entrar-dependientelevantalaceja-dicesloquedeseas-telodan-ytevassinquetediganadios- sino que, además, todo está involuntariamente configurado en esta sociedad ruralizada y ralentizada para que sea un poco más moroso que lo habitual.

martes, 13 de diciembre de 2011

Mirce tenía razón

Conozco a Mirce desde hace varios años. Es un joven inmigrante rumano que suele extender su manta, su caja de pedir y su tristeza infinita en una de las entradas al parking donostiarra del Buen Pastor.
Mirce va y viene de su país según le van las cosas en el nuestro y según le obligan los responsables de las redes mafiosas que gestionan las esquinas de las ciudades españolas reservando, en ocasiones violentamente, las más preciadas de éstas a sus “trabajadores”. Aunque Mirce lo tiene claro: “Lo peor de todo, en San Sebastián, son los policías municipales, porque me quitan el dinero, y los marroquíes, porque me lo roban”.
Cada vez que veo a Mirce, le doy unos euros para que se compre un bocadillo, para que tome una cerveza o para que llame por teléfono a la casa de su madre en los Cárpatos, allí donde, a pesar de sus 27 años, también le esperan tres niñas pequeñas y una esposa que se desloma la espalda y se rompe la vida trabajando la tierra.
Tras varios meses de ausencia, ayer volví a encontrarme con Mirce. Me contó que las cosas están muy mal en su pueblo, que su familia se encuentra cada vez más arruinada y que el trabajo escasea en la esquina más paupérrima de una Europa cada vez más empobrecida. Como siempre, le di unas monedas y él, también como siempre, me apretó fuertemente las manos y me agradeció el gesto regalando bendiciones mil para todos los míos. Luego, mientras me alejaba para pagar el aparcamiento en la máquina automática, escuche un “eskerrik asko” (“gracias”) pronunciado como en un susurro. Jamás había escuchado a Mirce pronunciar ni una sola palabra en euskera, así que me di la vuelta y le pregunté por su cambio idiomático.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

¿Dónde se fueron los guipuzcoanos buenos?

Biblioteca de Julio Caro Baroja en "Itzea"

Hace ya muchos años, a finales de la década de los ochenta del pasado siglo, tuve el placer de visitar en varias ocasiones al antropólogo y lingüista Julio Caro Baroja en el fascinante y acogedor caserón que su familia mantenía en Vera de Bidasoa, un boscoso y siempre neblinoso pueblo situado en una encrucijada histórica y mítica en la que convergen las tierra de Guipúzcoa, Navarra y Francia.
Don Julio era un hombre aparentemente tímido, excelente conversador, buen anfitrión, lúcido, suavemente irónico y rebosante de esa humanidad soterrada que supuran quienes han reflexionado mucho sobre el ser humano y sus circunstancias. Por aquel entonces, su libro “El laberinto vasco”, publicado en 1986, estaba dando mucho que hablar, empezando por el prólogo del mismo: “Este país”, escribía Caro Baroja, “vive en tiempos de tragedia y la tragedia se basa en una falta de adaptación absoluta a su espacio y a un desconocimiento total del tiempo en que vive. Fomentar tradiciones e idiomas es una cosa. Burocratizar la tradición y forzar el uso del idioma por medios coercitivos es otra... Seguiremos con un 'reconstructivismo' político pensando en reglamentar la tradición...Y en medio de ese caos, violencias de todas clases, uniones más por el resentimiento que por el amor y otras plagas, largas. Más que las de Egipto al parecer''.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Gora gu ta gutarrak!


Hace unos días, alguien que se definía como un “independentista vasco” nos dirigía un correo electrónico en el que, además de detallarnos lo malos y mentirosos que somos los “españolistas”, nos explicaba con todo lujo de detalles cómo “los vascos” iban a ganar, “de calle”, las elecciones generales que se han celebrado recientemente. Nuestro comunicante despedía su misiva digital con un orgulloso, petulante y rotundo “Gora gu ta gutarrak!” (¡Viva nosotros y los nuestros!).
Durante algún tiempo estuve dándole vueltas a la cuestión porque es sobre esa mostrenca y criminal dualidad nosotros/ellos sobre la que se ha mantenido firme, a lo largo de medio siglo, la actividad asesina de ETA y el oprobio nacionalterrorista.
El soberanismo vasco, el abiertamente violento y el que durante cinco décadas se ha alimentado de su pescar en las aguas revueltas por los criminales, solo tiene sentido sobre un “nosotros” reduccionista, mítico, imaginado, presuntamente idílico y realmente inexistente que únicamente entiende como ciudadanos de Euskadi a los terroristas y a los nacionalistas y, en su defecto, a quienes no perteneciendo claramente a ninguna de estas dos subespecies zoológicas muestran un deseo inconfundible y una voluntad manifiesta de sumarse a la manada realmente dominante. Para que no haya pérdida en este proceso de aborregamiento y filiación, la horda con 7.000 presuntos años de historia tal y como se empeñó en demostrar en su momento un Juan José Ibarretxe tan ignorante como cínico, se ha nutrido de un gran número de símbolos identificadores, desde la oveja latxa al balaguero euskaldun, pasando por el lauburu céltico, el repugnante “arrano beltza” o la vulgar ikurriña tan manida como ensangrentada.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Un menú del día con su postre

Hace unos días, comiendo con unos amigos en un restaurante cercano a Oñate, pude comprobar, una vez más, cómo en el corazón de la Guipúzcoa de Bildu el fanatismo, la sinrazón, la ignorancia y la radicalidad aparecen con la mayor naturalidad en los rincones y en los momentos más cotidianos e insospechados.
El local donde nos reuníamos, un antiguo caserío excelentemente remozado, cuida con esmero todos esos pequeños detalles que hacen diariamente la vida más grata y ofrece un extenso menú que mezcla con armoniosa habilidad platos magníficos que nos recuerdan a la infancia disfrutada al borde del mar y todas esas nuevas creaciones, no menos exquisitas, que son las que luego aparecen en los colorines dominicales de los periódicos.
Desde el comedor, con unos amplios ventanales, se goza de una impresionante vista de las montañas cercanas hasta el punto de que, en días soleados como el que compartíamos, parece que los pájaros gorjean a tu alrededor.
Mis amigos, personas discretas pero rotundas, hombres y mujeres trillados en el vivir diario en Euskadi desde mucho antes, en algún caso, de que la banda terrorista ETA naciera, han visto mucho y han padecido mucho más como para saber que, a estas alturas, y siempre sin molestar a los demás, se han ganado todo el derecho del mundo a decir lo que les parezca oportuno, en el lugar que les apetezca y cuando realmente les dé la gana. Así que, mientras degustábamos un vino exquisito y llegaban los primeros platos, la conversación fue regateando temas de actualidad con la misma velocidad y vértigo que, de hecho, tienen las noticias en este país. Así, comentábamos la inmensa desvergüenza de quienes pretenden equiparar a las víctimas con sus verdugos, criticábamos ferozmente al Gobierno socialista por alentar la salida de los terroristas de ETA de las cárceles y, sobre todo, nos lanzamos al cuello ético de tantos nacionalistas como, durante décadas, han callado, comprendido, justificado y, en ocasiones, alentado, todos y cada uno de los crímenes. Y conversábamos de todas estas cosas en nuestra mesa, mientras los platos iban y venían, las copas se veían siempre llenas y el sol anegaba el valle que nos rodeaba.
Estábamos así de felices hasta que, de repente, de la mesa de al lado se levantó un individuo mayor, cercano a los setenta años de edad, que, improvisadamente, comenzó a insultarnos, a llamarnos “sectarios” y a exigir nuestro silencio porque, según tuvo el detalle de advertirnos, quería hacernos una aclaración: “Las auténticas víctimas de este país somos todos los que, como yo, padecimos la dictadura de Franco y no vosotros, que sois todos del PP”.

jueves, 10 de noviembre de 2011

El bildutarra exquisito

El hombre trabaja con el mimo de los antiguos artesanos, con la precisión de quienes están acostumbrados a domeñar todas esas piezas, tuercas, maquinarias, instalaciones y sistemas que a muchos, entre los que me encuentro, nos resultan tan insondables como ariscas. 
Mientras mantiene el parachoques de mi coche bien sujeto con una mano, con la otra busca cómo acceder a la bombilla del foco delantero y, al mismo tiempo, me detalla, intercalando su relato con tenues espasmos de esfuerzo, detalles de su trabajo. 
Le gusta hablar y le comento mi sorpresa por el hecho de que tanto su taller como el de su vecino, dedicado a reparar carrocerías, se encuentren repletos de vehículos, algo que se pensaría poco habitual en los tiempos que corren. “Los coches de fin de semana me van a dejar sin fin de semana”, me dice sonriendo mientras esgrime un destornillador eléctrico como si se tratara del puntero de un catedrático. En mi ignorancia, le interrogo sobre “los coches de fin de semana”, pues jamás había escuchado tal expresión, a pesar de que llevo casi tres décadas conduciendo. 
“Hay muchas familias que tienen dos automóviles”, me explica con paciencia y como revelando un misterio que es conocido por todo el mundo. “Uno lo utilizan habitualmente los días laborables para llevar a cabo las tareas cotidianas, ir al trabajo, hacer las compras, acompañar a los niños al colegio… ya sabe, para hacer todas esas cosas que solemos hacer todos los días. Luego están lo que yo llamo ‘coches de fin de semana’. Éstos suelen ser más lujosos, se cuidan más y con más esmero, se limpian con detalle y suelen tener muy pocos kilómetros, y son los que estas personas utilizan para las escapadas del fin de semana a la segunda residencia, a esquiar o a visitar a los abuelos. Pero, claro, estos vehículos también exigen un mantenimiento importante, porque, al no utilizarse demasiado, es conveniente revisar sus niveles y la presión de los neumáticos, sobre todo. Y nosotros, encantados, claro”.